viernes, 30 de septiembre de 2016

Darío Corbeira y la pintura como repetición(I)



                                    «Este desgarramiento amarrillo del cielo encima del Gólgota no ha sido elegido por   Tintoretto para expresar la angustia… No es cielo de angustia ni cielo angustiado… es una angustia que está sumergida y empastada por las cualidades propias de las cosas»
Jean Paul Sartre.

Darío Corbeira ha interrogado tantas veces y  con tanto ahínco a la pintura que cabe pensar que su relación con ella se inscribe en la lógica de la pulsión de repetición como pulsión de muerte. Y más si tomamos en cuenta que en lo que él tan obstinadamente insiste es en la muerte de la pintura.  La que descubrió en los cuadros de Barnett Newman y en sus escritos, que para él son un auténtico certificado  de defunción de la misma. En la muestra representativa de su trabajo que, con el comisariado de Monserrat Rodríguez Garzo,  realiza actualmente en el MUSAC  hay pruebas suficientes de este empecinamiento. La más antigua es la instalación Francisco Franco Action Painting, de 1974, donde tres cornamentas de ciervo dispuestas en lo alto de un muro son coronadas por tres pinturas  que  están compuestas de brochazos y chorreaduras blancas sobre luctuosos fondos negros. La obra 29 veces, otra vez es aún más fúnebre si se quiere porque se trata de una versión actualizada de una instalación de 1993 en la que Corbeira sepultó literalmente en dos cajas de madera selladas como ataúdes las 58 pinturas que había pintado por entonces. Una sepultura en toda la regla, confirmada por el reciente añadido a la misma de una imagen religiosa puesta sobre pared.


A dicho período pertenecen igualmente dos piezas que remiten no directamente a la muerte sino a una enfermedad tan enigmática como intratable: el lupus. La primera se titula Todo el día y toda la noche, 1992 y es un mural compuesto por 120 tarjetones de farmacia pintados con desinfectantes. Y la otra, Segunda parte (simetría/asimetría del tiempo),1992,  la forman 8 dípticos hechos
con tableros de madera pintados igualmente con desinfectantes. 


 Pero donde la pulsión de muerte alcanza una intensidad excepcional es en la más reciente y la más monumental de las obras incluidas en esta muestra: La crucifixión. Se trata de un mural de láminas desnudas de contrachapado que sólo por  su  tamaño, 536 x 1224 metros, y por un texto impreso en la parte inferior remite al cuadro del mismo nombre pintado por Tintoretto en uno de esos impresionante tour de force a los que solía entregarse para asombro de sus contemporáneos. Esta crucifixión de La crucifixión, esta contradictoria celebración de la muerte característica de todo monumento, remite además  al título del conjunto de la exposición: Permanecer callado o mentir. Una afirmación con la que Jean Paul Sartre quiso, en El secuestrado de Venecia -un ensayo dedicado a Tintoretto- definir el estado de la moral pública en la Venecia del siglo XVI. Y que Corbeira trae a cuento no para presumir de erudición o por un simple afán historicista sino para utilizarla más que como diagnóstico como una denuncia del estado actual  de nuestra moral pública que parece, como la de aquella Venecia dominada por banqueros e inquisidores, atrapada entre el silencio de los corderos y el cínico recurso a la mentira. Así por lo menos lo da a entender el texto de la Nota de prensa difundida por el MUSAC cuando afirma que “el proyecto establece un cierto paralelismo entre la Venecia del siglo XVI y la actualidad de Occidente”.                 

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