viernes, 6 de noviembre de 2009

Apocalipsis mexicano

Me encontré con Teresa Margolles en la inauguracion de las intervenciones de Hisae Hikenaga en Casa Encendida de Madrid (28.10.09) y terminé hablando con ella de esos cinco días de espanto, que ahora parecen completamente irreales, en los que las calles, las plazas y los edificios y sitios publicos de Ciudad de México quedaron completamente vacíos. El gobierno de ese país convirtió el primer brote de lo que aqui, en primera instancia, se llamó la gripe porcina, en el único y perentorio argumento de una estrategia de promocion del pánico como no se habia visto nunca antes en Mexico. Y probablemente en ningún otro pais del mundo, con excepción de los Estados Unidos de America, en aquella oportunidad de 1940 cuando tantísimos de sus ciudadanos creyeron que las noticias que daba la radio sobre el desembarco de los marcianos eran auténticas y no parte del extraordinaria versión radial que Orson Welles hizo de la Guerra de los mundos, la novela de H.G. Welles. Pero el pánico de la gripe porcina - que hoy se ha quedado en gripe 1H1N si no recuerdo mal - fue en sus alcances mucho mas lejos de lo jamás llegó a imaginar Welles y se reveló de hecho como una manera absolutamente original y muy eficaz de implantar de hecho el Estado de Excepción por parte de un gobierno que, un par de años atrás, estaba acorralado por una toma multitudinaria del Paseo de la Reforma de la Ciudad de México que duró meses. Esa multitud de inconformes - que con esa ocupación manifestaba su protesta contra el vencedor en unas elecciones presidenciales que consideraban fraudulentas - de repente desapareció de la escena. Primero, por la Guerra al narco - que ya ha causado miles de muertos y a cuyas víctimas anónimas Teresa Margolles dedicó su intervención en el pabellón mexicano en la bienal de Venecia. Y después como si esta medida de choque no hubiese sido suficiente, por el pánico de la influenza como la llamaron en México, que logró que hasta el recuerdo de las manifestaciones multitudinarias de protesta se desapareciera de las calles de una metrópoli convertida de golpe en una ciudad fantasma. Si del 11 S en Nueva York nos quedan las imagenes de esas multitudes atemorizadas cruzando el puente de Brooklyn con las enormes columnas de humo de los incendios de las Twin Towers a sus espaldas, de Ciudad de México atenazada por el pánico a la gripe porcina nos quedarán esas imagenes de sus calles ominosamente vacías. A los marcianos invasores de la Guerra de los mundos los derrotó un virus y a las multitudes mexicanas algo aún mas inasible: el temor a un virus.
Fue entonces cuando le sugerí a Teresa Margolles que en su próxima intervención descartara el tema de la sangre vertida y que se ocupara de los virus mediante la clausura de un gran espacio vacío al que sólo se pudiera acceder despues de enfundarse en esos trajes estancos y de ponerse una de esas mascaras que utilizan los técnicos y los operarios que ingresan a lugares altamente contaminados. Adentro, puesta sobre una de las paredes desnudas e iluminada con una luz de quirófano, habria solo una foto: la del Paseo de la Reforma completamente vacio, a plena luz del dia. Para salir el espectador tendría que someterse a una ducha desinfectante antes de pasar a los vestidores donde se podría quitar por fin el traje y la máscara.

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