lunes, 4 de agosto de 2014

El asalto a Times Square.



Hace ya hace tres años que una ciudadanía indignada ocupó la plaza de Zucotti de Nueva York bajo la consigna de Ocupa Wall Street. Con esa acción de desobediencia civil quiso llamar la atención sobre el hecho de que actualmente  el verdadero poder de los Estados Unidos de América no tiene sede en la Casa Blanca o el Pentágono sino en la legendaria sede de la Bolsa de Nueva York, la bolsa de las bolsas, el parqué por excelencia donde el capital financiero internacional juega con el destino de las economías del mundo entero día a día, hora a hora, minuto a minuto, obteniendo en su vertiginosa ruleta beneficios inconmensurables.
Su gesto fue una auténtica revolución y no porque desencadenara efectivamente alguna sino porque redefinió los términos simbólicos de la revolución que hoy es tan necesaria como imposible. Su objetivo ya no es el Asalto a la Bastilla, el símbolo más odioso del régimen carcelario implantado por un absolutismo que entonces todavía parecía modélico para la mayoría de los imperios y reinos europeos. Como tampoco puede serlo el Asalto al Palacio de Invierno, el símbolo de un Imperio desahuciado por el mismo capitalismo que había incubado a fuerza de ucases en sus entrañas. El objetivo debiera  ser ahora Wall Street, locus privilegiado y símbolo del verdadero poder detrás de quienes en la Casa Blanca, en el 10 de Dowing Street , el Palacio del Eliseo o en cualquier otra sede igual de aprestigiada más que ejercer el poder lo interpretan o actúan.
Daniel Canogar ha venido sin embargo a corregir esa percepción. Lo ha hecho con su obra más reciente, obra en curso, en vías de realización que se titula elocuentemente Storming Times Square: Asaltando Times Square. En Facebook pudo verse la realización de la primera etapa ( 25- 29.07.14) que consistió en emplazar un plató provisional en la mitad de la plaza en la que durante tres días gravó a los 1.200 voluntarios de distintas edades, sexos y condiciones sociales que aceptaron arrastrarse sobre una alfombra azul mientras cámaras estratégicamente dispuestas los grababan. Contando con esta materia prima, Canogar está editando una pieza que será emitida en septiembre en las deslumbrantes pantallas que rodean Times Square.  Las pantallas que la han convertido en el símbolo por excelencia de la omnipresente y omnipotente publicidad contemporánea. Porque si hay un régimen que actualmente regule la relación del consumidor con la mercancía, del ciudadano con sus gobernantes y del individuo con su identidad y con los que son o cree que son sus deseos ese régimen es el régimen publicitario. Si esta sociedad es la sociedad de la imagen, como advirtió tempranamente Guy Debord, lo es porque es la sociedad de la imagen publicitaria. Times Square es el doppelgänger de Wall Street, la generadora del mundo ideal que es el locus amoenus del capital virtual (ficticio, lo llamó Marx) generado y administrado por Wall Street.


Cuando se emita la obra de Canogar la gente que reptaba en la grabación se verá como gente trepando esforzadamente  por  esos muros virtuales que son las pantallas de Times  Square  solo para caer definitivamente o seguir intentándolo. Y lo que resultará tanto o más inquietante es que ese asalto virtual a la fortaleza del mundo ideal mas influyente de nuestra época en vez de debilitarla terminará fortaleciéndola. La publicidad habrá demostrado una vez más,  allí donde domina el espacio público como en ningún otro sitio del planeta,  con qué versatilidad es capaz de satisfacer su promesa de exhibir todo lo que importa exhibir, incluido aquello que pretende cuestionar su singular régimen de exhibición. Como lo pretendió igualmente hace tres décadas una intervención de Antoni Muntadas en una de las pantallas de Times Square en la que podía leerse el anuncio: This is not an advertisement: Esto no es un anuncio. He aquí el nido gordiano que tiene atada y bien atada la posibilidad de la única revolución posible en nuestros días.                   


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