jueves, 13 de agosto de 2015

Zizek y las desventuras de la sobreidentificación.



 
A Zizek siempre le ha fascinado la película El Club de la lucha por razones entre las que destaco la que deriva de un episodio de la misma, en  la que un subordinado obliga al jefe a dejar de lado la benevolencia y a portarse como lo que realmente es, un jefe, pegándose puñetazos en la cara. Zizek ha defendido esta estrategia en varias de las ocasiones brindadas por los  acontecimientos o coyunturas políticas a los que se ha enfrentado y la ha vuelto a defender ahora, en un largo artículo dedicado a la actual crisis griega titulado El coraje de los desesparados. Cierto: Zizek ni siquiera menciona esta predilección suya en este articulo pero aún así creo que la defensa de dicha táctica es el sustrato o el fundamento último de su argumentación a favor de la decisión de Tsipras de responder a la aplastante victoria del No a los planes de austeridad impuestos por la  Troika a Grecia en el referéndum que él mismo había convocado, con la decisión contradictoria de aceptar de inmediato dichos planes.  Peor  aún: de aceptar una versión empeorada de los planes inicialmente propuestos por una Troika a la  que actualmente  los media hegemónicos califican asépticamente de << instituciones >>.

Para cualquier mortal esta decisión es una traición o se parece tanto a una traición que podría ser confundida con ella. A pesar, incluso, de que el cambio de posición de Tsipras fuera tan súbito y violento que en vez de provocar la indignación de tantos y de tantas que aplaudieron la convocatoria del referéndum y celebraron entusiasmados la victoria del NO los sumió en la confusión y el desconcierto. Era, es tan flagrante la contradicción entre lo que defendía el presidente de gobierno griego cuando convocó el referéndum y lo que hizo inmediatamente después del mismo, que un observador tan agudo como Stathis Kouvelakis - citado                  
por el propio Zizek en el mencionado artículo- pudo decir que la crisis había dejado de ser << una tragedia llena de giros cómicos para transformarse en teatro del absurdo>>. Cuya característica dislocación y pérdida de sentido se vieron agravadas por la comparecencia de Tsipras en la televisión para informar inmediatamente después del referéndum de su decisión de aceptar unos planes en los que no creía y con los que por lo tanto no estaba de acuerdo. Declaraciones a las que respondió un portavoz del Eurogrupo declarando que no confiaba en que Tsipras y su gobierno fueran capaces de cumplir con los términos del acuerdo que venía de aceptar públicamente. Zizek podría calificar al galimatías en el que se enredó la decisión de Tsipras  como una victoria de este último, por cuanto tamaño enredo había dejado claro sin embargo que el sometimiento de Tsipras al díctum de la Troika había obligado a esta última a comportarse como lo que realmente es: un jefe despiadado al que le irritan o por lo menos le traen sin cuidado las opiniones de las millones de personas cuyas vidas se ven seriamente afectadas por sus políticas. Incluida, desde luego, la opinión del presidente de gobierno que ha de ejecutarlas. La troika en fin como un jefe al que lo único que realmente le haría mella sería la decisión de un subalterno de comportarse como un subalterno sin ninguna clase de enmascaramientos y tapujos.

Un equivalente de esta táctica habría que  buscarla en el Japón y en esas paradójicas huelgas a la japonesa, en las que los trabajadores en vez de negarse a trabajar para demostrar así el poder del que disponen, trabajan en exceso para de ese modo perturbar unos planes de producción que cuentan con un rendimiento promedio del trabajador y no con un rendimiento superlativo que colapsa la gestión del mismo. En uno y en otro caso estaríamos hablando del << coraje de los desesperados>> - pensado  por Giorgio Agamben y reivindicado por Zizek - ejercido por quienes reconocen que se encuentran en una situación tan desesperada que no cabe utilizar las herramientas y los medios de acción forjados históricamente en las confrontaciones abiertas con un enemigo declarado. Y que, por lo tanto, no les queda otra alternativa que la de utilizar formas de resistencia que comparten su estructura con la parodia, la ironía e incluso el pastiche. Que en todos los casos repiten los términos del discurso dominante de una manera tan enfática que lo expone al descrédito, a la burla o a la irrisión. Cierto, Zizek rechaza o se distancia de estas estrategias - y singularmente de la ironía- y defiende como alternativa a las mismas la estrategia de la << sobreidentificacion>> que, por lo demás, ha sido sometida en el medio artístico español a una crítica muy pertinente por el colectivo PSJM, en el ensayo titulado precisamente Zizek y la sobreidentifiación. En él sus autores ponen en cuestión la sobreidentificación en unos términos que han resultado proféticos si se toma en cuenta que el ensayo fue publicado en diciembre de 2014. Y específicamente el pasaje del mismo que se centra en la defensa que Zizek ha hecho del colectivo esloveno Laibach, acusado de fascista por quienes se muestran ofendidos por su utilización de la imaginería y de la parafernalia nazi y que Zizek, por el contrario, reivindica como un magnífico ejemplo de sobreidentificación  en la medida en la que este colectivo no parodia en realidad a los nazis sino que los sobreactúa con el fin de denunciar a quienes, como los mandamases en el régimen de Tito en la antigua Yugoslavia, actúan como los nazis aunque se declaren sus adversarios jurados. Escribe Zizek en el ensayo «Why are Laibach and NSK not Fascists?»- citado por PSJM:  «Laibach frustra el sistema —la ideología dominante— precisamente en la medida en
que no es la imitación irónica del sistema, sino una sobreidentificación con él. Sacando a relucir el obsceno superyó que subyace al sistema, la sobreidentificación suspende la eficacia del sistema. Para aclarar la manera en que este desnudamiento, esta escenificación pública de la esencia fantasmática del edificio ideológico suspende el funcionamiento normal de este edificio, recordemos un fenómeno de cierta manera homólogo en la esfera de la experiencia individual. Cada uno de nosotros tiene rituales privados, frases —apodos, etc.— o gestos usados sólo dentro de los círculos más íntimos de parientes o amigos cercanos; cuando estos rituales se vuelven públicos, su efecto es necesariamente de bochorno y vergüenza —uno desea que se lo trague la tierra—. A estas tesis responde PSJM con esta crítica: << Apelar al sentimiento de bochorno y vergüenza, como apunta Žižek, puede resultar efectivo como un método de choque que posteriormente te haga pensar, pero sin reflexión, o pretendiendo que ésta no se dé, poco o nada se puede hacer en política>>.
Y es aquí, en el problema crucial de hacer política donde la crisis griega se resuelve como una auténtica tragedia. Porque si alguien se ha sobreidentificado con la Troika y el Eurogrupo ha sido precisamente Yanis Varoufakis quien, utilizando pacientemente las armas de la ciencia económica estándar  y de la argumentación razonada, terminó poniendo en evidencia que al Eurogrupo la ciencia y la razón le importan poco porque a la única razón que se debe es a la razón de Estado. 
                                 

Varoufakis, actuando como la Troika dice que actúa, demostró que la Troika no actúa como dice que actúa. Hecha esta palmaria demostración, la convocatoria del referéndum era el lógico corolario político porque, logrado el desnudamiento de la << obscenidad >> y la maldad implícitas en la Ley pretendidamente racional del Eurogrupo, lo que  seguía era preguntarle al pueblo soberano si estaba de acuerdo o no en someterse a ella. Pero cuando el pueblo soberano mayoritariamente dijo que no quería a someterse a esa << Ley obscena>> la decisión de Tsipras vino a demostrar que en realidad el pueblo no es soberano a pesar que afirme lo contario la ideología política dominante en UE, que se considera a sí misma democrática porque reivindica a voz en cuello dicha soberanía. Varoufakis desnuda a la Troika y Tsipras desnuda la soberanía popular y este doble desnudamiento por sobreidentificación los deja sin embargo a ambos atrapados en una situación en la que NO pueden hacer política. Varoufakis, porque fue excluido o se ha auto excluido de los puestos de mando y Tsipras porque, aunque se mantiene formalmente al mando, lo que va a hacer y está haciendo no es política, es administración pura y dura de una política que no es suya y con la que para más Inri se mostrado patéticamente en desacuerdo.

 
Zizek también ha quedado atrapado en esta sin salida, aunque se niegue aceptar que la dichosa sobreidentificación, al igual que la ironía, son estrategias que están aquejadas de una ambigüedad radical, que las condena a ser entendidas tanto como un descrédito de la palabra del poder como una reafirmación de su verdad. Y que por lo tanto poco o nada pueden hacer por sí solas para resolver problemas que solo puede resolver la acción política, que por proceder por decisiones es siempre tajante. Y nunca ambigua como lo son la sobreidentificación o la ironía. Pero Zizek en vez de aceptar sobriamente los hechos y reconocer los límites de unas estrategias que, por operar en el ámbito simbólico, solo pueden obrar en política si la política se hace cargo de ellas, se pone literalmente a fantasear sobre las intrépidas acciones políticas - del tipo de coquetear con China y con Rusia - que Tsipras debería emprender en el futuro inmediato, esperando injustificadamente  que él líder griego emprenda lo que no emprendió cuando todavía estaba investido del poder político que  le permitía hacerlo y que difícilmente va a emprender ahora, cuando su poder político ha quedado reducido a una parodia. O a un simulacro.      







        








 

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