lunes, 2 de enero de 2017

La Torre de Shanghái o la fidelidad de la arquitectura a la belleza.



 
Cuando visité la Torre de Shanghái  hace unas semanas pensé que si algo tendríamos los amantes del arte que agradecer a la arquitectura   es  el que nunca haya enterrado o devaluado irremediablemente el ideal de belleza. El ideal que para Vitrubio integraba, junto con la firmeza y la utilidad, los tres principios de la arquitectura y que pareció perderse con la irrupción de la arquitectura de hierro - el Cristal Palace de Paxton- y del rascacielos- Sullivan- simplemente porque estas prodigiosas construcciones ya no encajaban en  ninguno de los cánones estéticos derivados del prolongado retorno a la Antigüedad clásica que dominó la cultura europea desde el Renacimiento hasta el Romanticismo. Pero hay que reconocerle una vez más a Marcel Duchamp su papel de pionero: en 1913 eligió al rascacielos Woolworth de Nueva York, diseñado por Cass Gilbert y entonces recién construido, como un object trouvé, debido a que encontró en él la misma insólita  belleza que poco después descubriría igualmente en su célebre urinario. La arquitectura moderna no abandonaba la belleza: se limitaba simplemente a transformarla, liberándola de la ganga del clasicismo. A la villa Rotonda de Palladio Le Corbusier opuso como alternativa a la Ville Savoy  y al templo de Poseidón de Paestum Mies van der Rohe opuso el pabellón de Alemania en la Feria Internacional de Barcelona de 1929.
Cierto, han sucedido desde entonces episodios como el de la arquitectura llamada brutalista que cultivaron el feísmo, como lo habían hecho en su campo el Expresionismo, el Art brut y el Informalismo.

E incluso tentativas populistas como las plasmadas en el Aprendiendo de
Las Vegas de Robert Venturi y Denise Scott Burton de transformar el mal gusto en buen gusto. O simplemente de anular definitivamente la distinción entre uno y otro, por aquello de que “todo vale” (siempre que sea rentable, que diría un cínico). 

Pero la belleza seguía y sigue allí. Por ejemplo: en el cementerio de Módena de Aldo Rossi, el Museo Abteirung en Mögengladbach de Hans Hollein, el Museo Romano de Mérida de Rafael Moneo,  la Fundación Cartier en Paris de Jean Nouvel y desde luego en el Guggenheim de Bilbao de Frank Gehry, donde el esfuerzo pionero del cubismo por representar al espacio como un conflictivo campo de fuerzas culmina en su plena realización.
Admito que el concepto de “intensidad”, tan querido por Gilles Deleuze, sea tal vez más apropiada que el de “belleza” para calificar el museo bilbaíno. Pero en cambio no me cabe duda de la indudable pertinencia de este último en el caso de la Torre de Shanghái, en la que el intenso juego de fuerzas y tensiones que es responsable del inconfundible aspecto tumultuoso del Guggenheim de Gehry está armoniosamente encausado por una espiral que asciende al cielo con la misma fascinante suavidad con la que se deslizan las serpientes. Esta metáfora no resulta por lo demás del todo arbitraria si se piensa que mientras la arquitectura deconstructivista remite a la catástrofe - de la misma manera que el cubismo al campo de batalla  como lo corrobora el Guernica de Picasso - la Torre de Shanghái remite a la naturaleza. Y más precisamente a una relación armónica o por lo menos amigable con ella. 
Puede decirse incluso que es un edificio ecológico: los nueve cilindros                                   

apilados que lo componen están recubiertos por una doble fachada acristalada que hace el efecto de un termo para atemperar las relaciones de temperatura entre el interior y el exterior con el mínimo gasto energético posible. Y  la forma en espiral de la misma no solo parece modelada por el viento - como en efecto lo fueron sus maquetas preparatorias en una túnel del viento - sino que al ser de esa manera reduce en un 24 % las cargas del viento, lo que ha supuesto un ahorro equivalente de metales y materiales de refuerzo en su estructura portante. La Torre cuenta, además, con turbinas tanto en las fachadas como en la cúspide capaces de generar energía eólica suficiente para cubrir una parte importante de sus necesidades energéticas, aprovecha la energía geotérmica, recoge la lluvia y la recicla,  dispone de nueve jardines interiores y en lo más alto un mirador al aire libre. 
En fin, podría aportar más información técnica sobre este edificio de 128 pisos y 632 metros de altura, diseñado por un equipo de la empresa Gensler  liderado por el arquitecto Marshall Strabala en colaboración con el también arquitecto Jun Xia. Pero ahora me basta con afirmar o reiterar que es un bello edificio. Uno de los más bellos que jamás haya visitado.       




   

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