martes, 12 de abril de 2011

Oscar Muñoz y el trabajo del duelo.


La exposición de Oscar Muñoz en la galería La fábrica de Madrid (31.03.11) está marcada radicalmente por el luto. Los motivos del luto los traen a cuenta o los evocan las tres series de fotografías expuestas, Haber estado allí, Horizonte, y Testigo, hechas a partir de unas fotos que tienen en Colombia una extraordinaria importancia histórica. En la primera de dichas series Muñoz ha partido de una foto legendaria en la que se ve a grupo de hombres anónimos rodeando el cuerpo yaciente del líder popular Jorge Eliecer Gaitán, cuyo asesinato, el 9 de abril de 1948, desencadenó el letal ciclo de violencia política del cual ese país no se ha librado todavía completamente. En la segunda serie él parte de unas fotos en las que se ve a una larga fila de guerrilleros desfilando hacia el lugar acordado previamente con las autoridades militares para entregar, en 1954, las armas. Esas fotos las utilizaron para identificar a los ex guerrilleros quienes después los mataron - aclara la nota de prensa, divulgada por la galería. Y la foto utilizada por Muñoz como base de la tercera serie es igualmente luctuosa: capta el momento en el que estrechan la mano Dulmar Aljure y Guadalupe Salcedo, los principales líderes de las guerrillas que aceptaron la propuesta del gobierno de la época de entregar las armas y que posteriormente fueron igualmente asesinados. Todas las fotos originales han sido ampliadas y viradas al blanco, con el detalle compartido por todas de un rostro anónimo que se destaca en medio del esfumado al que el artista ha sido sometido en cada caso el conjunto de la imagen. El blanco es color de luto en India, en ciertos pueblos africanos y lo fue durante el Medioevo en Europa y singularmente en España, donde lo utilizaron los reyes hasta bien entrado el siglo XVI. Y aunque no estoy seguro de que la decisión de utilizarlo en este caso haya respondido al propósito deliberado de Muñoz de usarlo como signo del duelo, lo cierto es que el blanco que domina todas estas imágenes les añade un potente toque luctuoso. Si la fotografía, toda fotografía, es siempre el registro de un momento que se ha perdido para siempre, su desvanecimiento duplica o acentúa esa pérdida porque anuncia la pérdida inminente, inevitable, de la imagen que resta del objeto perdido. Y cabe recordar que entre el objeto perdido y su imagen se juega íntegramente el trabajo del duelo. Así en el judaísmo, que cubre los espejos de la casa del muerto, así en el catolicismo que cubre las imágenes de Cristo y de los santos durante el duelo ritual por la muerte de Cristo. Y así en el psicoanálisis para el cual el trabajo del duelo se despliega en cuatro momentos no necesariamente sucesivos: el reconocimiento de la pérdida, la aceptación de la misma, la identificación con el objeto perdido y/o la sustitución del mismo. Desplazamiento que, por lo demás, sólo puede ser consumado en terminos imaginarios. A la luz de cualquiera de estas posibles interpretaciones los trabajos fotográficos de Óscar Muñoz que nos ocupan se revelan como parte de un trabajo del duelo que una Colombia larga y duramente castigada por la violencia política quizás no haya culminado satisfactoriamente todavia, a juzgar por lo que Óscar ha hecho esta vez con las imágenes que en su dia captaron los motivos originales del mismo. En sus manos, esas imágenes en vez de dar paso a las que psicoanalíticamente las sustituyen por identificacion o desplazamiento están a punto de desvanecerse sin remedio, bloqueando sine die el cumplimiento definitivo del duelo.

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