jueves, 21 de julio de 2016

La batalla de Hollywood (I)


Que es época de reanimación de los fósiles lo prueba el éxito alcanzado por dos notables reanimadores en campos tan dispares como la cultura académica y la cultura popular. El primero es Steven Spielberg, en cuya apabullante nómina de películas supe taquilleras  figuran en  lugar destacado las crónicas terroríficas que ha dedicado al Jurasic Park. Y el segundo es George Didi-Huberman, quién con su trabajo de arqueólogo heterodoxo ha conseguido que vuelva a discurrir con ímpetu el tiempo petrificado en las obras de arte. Por lo que no me sorprende que hayan coincidido recientemente en la gran pantalla dos películas que reanudan una batalla que se libró en Hollywood en la mitad del siglo pasado, poniendo de nuevo en cuestión su desenlace. La primera se titula Trumbo y la segunda, igual de escuetamente, Ave Cesar. La primera la firma Jay Roach, un director relativamente poco conocido, y la segunda los muy afamados hermanos Joel y Ethen Coen. Ambas películas reviven la batalla librada en los años 40/50 del siglo pasado por el control político e ideológico de Hollywood, ese bosque encantado, esa “fábrica de sueños”, que diría Ilya Ehremburg.  Y  fue de hecho el episodio más sonado de  la ofensiva política y la campaña de prensa que tenía como objetivo declarado la persecución  de los comunistas “infiltrados” en las instituciones gubernamentales y en la sociedad civil americana. La encabezó el Comité de Investigación de Actividades Antiamericanas y la protagonizó  el agresivo senador McCarthy. Y si se eligió a Hollywood como objetivo prioritario fue porque la Guerra Fría estaba a punto de ponerse en marcha y la dirigencia americana sabía que era necesario el concurso de una maquinaria propagandística tan formidable como ya era Hollywood para convertir de la noche a la mañana en enemigo irreconciliable a la misma Unión Soviética que hasta hace muy poco había sido un aliado indispensable en la guerra a muerte contra la Alemania nazi. De hecho el Comité se instaló a principios de 1947, el Plan Marshall se lanzó en 1948 y la OTAN se fundó en 1949. Pero el propósito de hacer de Hollywood un arma de la Guerra Fría tropezaba con el hecho de que por entonces los comunistas ejercían una notable influencia entre actores, guionistas, realizadores, técnicos y operarios de la industria del cine instalada allí. La habían ganado, en primer lugar, organizando campañas de solidaridad con la República española y luego la habían extendido o consolidado con las campañas a favor de la apertura inmediata de un “Segundo frente”, una consigna de fácil recepción por una opinión pública que no terminaba de entender porqué tardaba tanto Estados Unidos de América en invadir la Europa ocupada. Como si esperara a que la Alemania nazi derrotara a la Unión Soviética o a que ambas estuvieran tan debilitadas por su lucha a muerte que al final no  tuvieran alternativa distinta a la de acatar el dictado de Washington. 

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