domingo, 15 de mayo de 2011

La desaparicion de la imagen obrera.

La exposición sobre la fotografía obrera abierta actualmente en el Museo Reina Sofía (12.05.11) desquicia la historia de la fotografía, apartándola de los raíles por los que ha circulado desde que Beaumont Newhall se hizo cargo del Departamento de fotografía del MoMA, impuso la estética moderna como canon de composición e interpretación de la misma y remató la faena patrocinando la exposición curada por Edward Steichen Family of man, ese monumento al humanismo bienintencionado. A lo Sebastiao Salgado, para entendernos. Historia que no daba cabida al episodio de la fotografía obrera de los años 20 y 30 del siglo pasado que ha sido reconstruido ejemplarmente por Jorge Ribalta en una exposición que, además, encaja satisfactoriamente en la estrategia de Manolo Borja de conceder espacios en el Reina Sofía a proyectos expositivos y de investigación que intentan contar historias distintas a la historia del arte hegemónica. Pero el interés de esta notable exposición no está solo en su reivindicación de un importante episodio histórico reprimido o excluido sino también en la posibilidad que abre de preguntarse porqué hoy la clase obrera - y no solo su imagen - ha desaparecido casi completamente de escena. Al punto de que en los Estados Unidos de América hay actualmente 13,5 millones de parados y 5 en España y sin embargo no existe en estos dos países - ni en ninguno otro que yo conozca - nada que se parezca al proyecto puesto en marcha en los años 30, en el marco de la WPA, para documentar la situación de tantos millones de parados de entonces, como lo hicieron Dorothea Lange, Walker Evans o Edward Weston de manera inolvidable. Cierto, esta desaparición, este eclipse pueden atribuirse sin más al fracaso, la defección o el colapso de partidos políticos como el socialdemócrata, el anarquista y el comunista que todavía en los años de la Gran Depresión se proclamaban abiertamente representantes políticos de la clase trabajadora y que alcanzaron tal peso en el conjunto de la sociedad que esta no tuvo más remedio que reconocer la extraordinaria importancia de las cuestiones obreras. La reconoció incluso un adversario tan enconado de las mismas como Adolf Hitler, cuyo nefasto partido se llamaba oficialmente el Partido Nacional Socialista Obrero Alemán. Este colapso partidista fue igualmente el de la prensa obrera, cuyo papel en la formación y expansión del movimiento de la fotografía obrera apenas puede exagerarse, tal y como lo documenta extensa y convincentemente Ribalta en los textos incluidos en el catálogo de su exposición.



Por lo demás la historia del eclipse o la abdicación de los partidos obreros, de su prensa y sus imágenes se inscribe en una mas amplia y compleja, en la historia que da cuenta de la imposición definitiva de un tipo de sociedad como la actual, en la que esa clase de partidos difícilmente tienen lugar o posibilidad. Como tampoco parecen tenerla imágenes con las que los obreros puedan hoy identificarse haciéndolas suyas. En la articulación de estas dos historias emerge la paradoja de que la aparición de esta sociedad ya estaba implícita de alguna manera en el movimiento de la fotografía obrera, si es que aceptamos que dicho movimiento - en lo que tenia de espontáneo y no de performado partidistamente - respondía o hacia parte de una ¨ lucha por el reconocimiento ¨ específicamente obrera. Las imágenes de los obreros, de sus vidas o de sus lugares y condiciones de trabajo apenas figuraban o no figuraban en absoluto en los periódicos y las revistas ilustradas más exitosas de la época, alimentadas por el trabajo de fotógrafos profesionales que poco o ningún interés tenían entonces en captar con sus cámaras a los integrantes de una clase social a la que se negaban a reconocer cualquier protagonismo. E incluso la dignidad de la clase social. De allí el carácter agresivo y pugnaz de la fotografía obrera, que Ribalta ha subrayado eligiendo como titulo de esta exposición una frase que forma parte de esta desafiante declaración del militante Edwin Hoernle: ¨ Debemos proclamar la realidad proletaria en toda su repugnante fealdad, con su denuncia a la sociedad y su exigencia de una venganza […] Debemos presentar las cosas como son, con una luz dura, sin compasión¨. Hegel, que tanto énfasis puso en la lucha por el reconocimiento, trazo un esquema de su evolución que sitúa sus comienzos en los violentos conflictos desencadenados por la negación del reconocimiento a quienes creen merecerlo y concluye en la superación de tales conflictos por ese estado de ¨ eticidad ¨ en cuyo interior ¨ la universalidad del derecho se concilia con las múltiples prácticas de la vida¨, y el ser humano se realiza como sujeto porque ha aprendido ¨a relacionarse negativamente con su particularidad natural, sus inclinaciones, deseos e instintos y a auto determinarse de acuerdo a principios aceptados intersubjetivamente en la comunidad a la que pertenece¨, tal y como ha glosado Axel Honneth.



Hoy parece que estamos completamente inmersos ese estado de ¨eticidad ¨ en el que todos negamos hegelianamente nuestra ¨ particularidad natural¨ para poder auto determinarnos como ciudadanos y los obreros solo pueden superar/conservar su particularidad en el ámbito de la universalidad de la Ley en términos profesionales y por extensión sindicales. Y ¨sus ¨ partidos políticos ya no son, ya no pueden ser, en sentido estricto suyos, porque ya no son más partidos de clase, como alguna vez pretendieron serlo, sino partidos de ciudadanos cuyos programas solo pueden distinguirse de resto de programas por privilegiar los intereses profesionales y sindicales de los trabajadores y acaso - aunque no necesariamente - por la radicalidad de sus demandas democráticas.



En el interior de esta eticidad, las imágenes de la ¨repugnante fealdad¨ de la ¨ realidad proletaria¨ que todavía indignaban a Hoernle han perdido su vínculo con cualquier discurso político antagonista, limitándose a producir - si es que producen - respuestas éticas. O bien las compasivas características del ¨ humanismo bien pensante ¨ que mencioné arriba. O bien las que ante imágenes de ¨ repugnante fealdad ¨ dan por hecho que ofenden la dignidad humana o ¨ hieren la sensibilidad del espectador¨.





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