martes, 23 de diciembre de 2008

Felix de Azúa defiende al arte abstracto.

Leo con tardanza, el ensayo de Félix de Azúa, titulado ¨ El rostro del silencio ¨ y publicado en el diario El Pais (13.12.08), que es en realidad una ardiente defensa del arte abstracto. Su punto de partida es una alegoria de la soledad del individuo moderno, representado por Azúa como un paciente cualquiera sometido a las tribulaciones de un scanner, del cerebro o de quién sabe qué organos o partes del cuerpo. El paciente en el scanner está expuesto, indefenso, mudo, reducido a monologar sobre lo que le está pasando y a monologar a su vez sobre su monólogo, sin que nadie le escuche ni esté en disposición a dialogar con él. Es la situación extrema del dispositivo clínico que somete a sus paciente a pruebas químicas, mecánicas, electrónicas, que produciran unos signos que decodificaran los analistas y que inteprertaran los médicos, sin que la propia voz del paciente, su propio testimonio del mal que supuesta o realmente le aflige, cuente mucho o tenga en verdad alguna importancia. Sólo que Azúa, en vez de redondear en terminos clinicos su alegoria del aislamiento y la indefensión del hombre moderno, desvía el curso de su argumentacion y pasa a considerar directamente a ese hombre un artista: ¨ Ahora el paciente ya está preparado para ser el artista del siglo XX. Su tarea y su ambición será dar forma a esas voces interiores en lucha contra el ruido exterior, el caos que le devora. Las formas ya no puede tomarlas del mundo, los signos mundanos son puro ruido¨ . Esas formas son abstractas, espirituales, como quería Kandinsky - citado expresamente por Azúa - y tienen un único propósito, definido por Blaise Cendrars en esta frase, igualmente citada por escritor catalán: ¨ Cada pintura es un estado de ánimo único¨.
Esta reivindicación tan clara y decidida del paradigma estético del individualismo moderno tiene sin embargo, la virtud de poner de presente su falla estructural. O si se quiere el limite que la fija y determina. El individuo moderno, interpretado por Azúa, acepta como una condena su aislamiento, su soledad y la extrañeza del mundo - reducido para él a ruido y a un caos incomprensible - y renuncia de antemano a cualquier intento de librarse de ese estado de postración mediante la invención o la relaboración de interpretaciones, narraciones o alegorias de ese mundo extraño, susceptibles de ser comunicadas y compartidas por otros. Y por lo tanto de dar pie y mantener vivas a esas comunidades, no por virtuales menos efectivas, integradas por los amantes del arte, el cine o la literatura.

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