lunes, 21 de septiembre de 2009

La guerra, según Tarantino.

Quintin Tarantino es un interprete excepcional de las artes de la parodia y del pastiche. Él mismo ha confesado que su maestro es Sergio Leone, el único padre de esa consumada parodia del western que es el spaghetti wertern, y Pulp fiction es una parodia del cine de gansters del mismo modo que Kill Bill lo es del género cinematográfico dedicado a las artes marciales. Y el turno es del género bélico y, más específicamente, de ese sub-género que es el cine que Hollywood dedicó a la Segunda Guerra Mundial. Y que sigue dedicando, que aún están frescos los laureles con que coronaron a Steven Spilberg por la lista de Schindler y el muy afortunado soldado Ryan. Con este subgénero la America que aún se siente superior al resto del mundo se ha confeccionado un espéjo cómplice que le devuelve una imagén de sí absolutamente intachable. Para Hollywood América derrotó a la Alemania nazi prácticamente sola - porque la batalla de El Alamein apenas cuenta y menos todavía la de Stalingrado - y ese motivo es más que suficiente para que Europa haya contraído con ella una deuda eterna. De esas que jamás se saldan, ni en 60 años, ni de aqui a la eternidad. Malditos bastardos se ciñe en principio a este contumáz modelo de tergiversacion histórica pero lo socaba transgrediendo el código ético maniqueo que forma parte indisociable del mismo. En esta nueva pelicula de Tarantino los ejercitos americanos no están representados por esos soldados jóvenes, sanos y atléticos que libran con un valor a prueba de balas las mas duras batallas y luego reparten sonrisas, barras de chocolate o medias del inapreciable nylon entre los pobladores de los paises que ellos solitos han liberado. Ni por esos ases de la aviación al mando de aviones prodigiosos y siempre invictos. No, los americanos son en este caso esos malditos bastardos a los que alude el título de la pelicula. O sea una banda de soldados judios comandados por el teniente Aldo Raine - un auténtico sádico interpretado por Brad Pitt - cuya crueldad y cuyo desprecio a las leyes de la guerra sólo puede encontrar en la Biblia su justificacion en el ¨ Ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura, golpe por golpe, herida por herida ¨( Exodo 21: 24-25). En el extenso catálogo de atrocidades perpetradas por los nazis no figura - que se sepa - el arrancar la cabellera de los adversarios que es , sin embargo, la marca de fábrica de esta banda terrorífica. Pero eso a Tarantino no le importa porque su problema no es la fidelidad histórica sino la perturbadora parodia de un sub género cinematográfico que le debe resultar especialmente excitante por su mezcla perversa de violencia desencadenada y de moralina idem. E Ibidem. Tampoco los nazis son como en las peliculas de Hollywood, que los ha representado tan recurrentemente como unos tontos del culo que ha dado lugar a la expresion de que alguien es mas tonto que un alemán de película. Tontos y crueles, insana e irracionalmente crueles e inhumanos que matan sólo por el placer de matar. No, aqui el nazi por excelencia y, en realidad, el principal protagonista de la película es Hans Landa, el coronel de las SS interpretado por Christoph Waltz: una suerte de Sherlock Holmes extraviado en el laberinto de la guerra, que ejerce su oficio de cazador de judios con un sentido del humor y una sofisticada inteligencia que cuando es el caso apela mucho mas a la amenaza velada que a la ferocidad del puñetazo de hierro. Al lado del brutal Aldo Raine, resulta un caballero que cuando juga a la politica y gana - como lo hizo Schindler, el de la película de Spielberg - es agraviado inutilmente por Raine, que le tatúa para siempre en la frente y con su cuchillo de caza una esvástica.
Tarantino no deja en paz ni siquiera al tabú que, entonces como ahora, se extendía sobre el terrorismo. La gran operación bélica en la que culmina la trama de la pelicula es en realidad un atentado terrorista, que Raine y sus otros compinches no planean ejecutar con chalecos explosivos sino con las ristras de explosivos que llevan atadas a las piernas. Y Shoshona - el personaje interpretado por Mélanie Laurente, que protagoniza igualmente un plan cuyo objetivo es el exterminio de la plana mayor del nazismo y de todo su nutrido séquito - anuncia a sus víctimas la ejecucion del mismo mediante la proyeccion de un corto cinematografico que evoca inevitablemente los videos utilizados actualmente por los terroristas islámicos.
Esta evocación es, por lo demas, coherente con el hecho de que Malditos bastardos es tambien una delirante reforma de la leyenda hollywoodiense sobre la Segunda Guerra Mundial, que reduce drásticamente el elenco de vencedores de la misma a los soldados americanos que, aparte de judios, estaban bien dispuestos a utilizar sin contemplaciones la tortura y el terrorismo. Ellos son los que efectivamente triunfan donde fracasan los GI, los abnegados y honestos soldados de infantería americana sometidos a la Ley, que son cazados literalmente como moscas en un pueblo de Italia, por un francotirador de élite de la Werhmacht, cuya extraordinaria hazaña es premiada por un largometraje encargado por el mismísimo Joseph Goebbels en este atroz y revelador pastiche de Tarantino.

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