domingo, 19 de febrero de 2012

El agua o el oro.


Esta fue la disyuntiva que hace unas semanas se le planteó al pueblo de Cajamarca en el Perú, movilizado en contra los planes de una multinacional canadiense de iniciar la explotación de los ricos yacimientos de oro de la región mediante el devastador método de la explotación a cielo abierto. Esa que es más rápida y productiva que todas las anteriormente utilizadas pero que tiene el grave inconveniente de contaminar seriamente las fuentes y las reservas de agua en un vasto perímetro a su alrededor. El pueblo de Cajamarca no lo dudó: prefería el agua - que sigue siendo suya - en vez del oro que tienen buenas razones para temer que se les irá de las manos, como durante siglos se le ha estado yendo al Perú el oro de las manos. Eso, sin contar con la leyenda del rey Midas que murió de hambre y de sed porque el oro no se puede comer ni beber.
Esta historia, tan aleccionadora, se me ha venido a la cabeza viendo en ARCO – la feria de arte contemporáneo de Madrid - la obra más reciente de Miguel Ángel Rojas, titulada El nuevo Eldorado. Se trata de un gran cuadro de 2x6 metros, pintado con polvo de hojas de coca y láminas de oro y que está hecho a partir de la fotografía satelital de un largo tramo del río Amazonas. El artista explica que le movió a hacer esta obra la noticia de que el actual código forestal brasileño permite que se talen diariamente 400 hectáreas de la selva amazónica. Un destrozo que a los planificadores de Brasilia deberá parecer irrisorio pero que a él, en cambio, le horroriza e indigna. ¨No es solo el destino de los países de la cuenca amazónica el que está en juego sino el de todo el planeta, que si pierde a la Amazonía pierde el último gran pulmón que le queda¨ - explica. Y por esta razón ha decidido protestar por medio de esta obra tan extraordinaria como inquietante, en la que los árboles de la fotografía satelital han sido reemplazados literalmente por coca, y el agua del rio y de sus afluentes, así como los mantos de nubes que eternamente flotan sobre la selva, han sido reemplazados por láminas de oro. Los campesinos colombianos deforestan para plantar coca - nos recuerda Miguel Ángel - y lo hacen a un ritmo enloquecido impuesto por su deseo de eludir las fumigaciones aéreas de las plantaciones ya descubiertas por las autoridades y que hasta ahora no han servido sino para que los plantadores se adentren aun más en la selva para eludirlas con nuevas talas. Todos ellos víctimas de un espejismo que es tan antiguo nuestra codicia: el espejismo de El dorado. Por seguir tras él están dispuestos a cambiar el agua por el oro sin importarles que sea al precio de cegar las mismísimas fuentes de la vida.

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